VIOLENCIA ADOLESCENTE

TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN (We Need to Talk About Kevin), dirigido y escrito por Lynne Ramsay, basándose en la novela de Lionel Shriver, aborda la relación trágica entre Eva y su hijo mayor, Kevin, por el cual llega a perder su carrera profesional y al resto de su familia, que son asesinados por éste junto a un grupo de compañeros de instituto en un arrebato de su trastornada personalidad. La película se centra en el recuerdo del periodo de su vida antes de los sucesos que han causado la situación en la que se encuentra: repudiada por la comunidad, sola, sin apenas recursos económicos, y con su hijo en prisión. Entre las visitas a la cárcel, el nuevo trabajo, el espectador conoce la tensa relación entre Kevin y la madre, de rechazo a cualquier norma o aprendizaje, a través de sucesivos flash back, mientras va adivinando el dramático final  a tan tortuosa existencia.
Kevin tiene un comportamiento anómalo desde la más temprana infancia. No paraba de llorar, empezó a hablar o a dejar de usar pañales con retraso, hasta el punto, que lo hace cuando la madre, le arrojó contra el suelo y le parte un brazo, como si su rencor innato sólo pudiese ser moldeado con la violencia. En el momento que sus padres deciden tomar medidas contra él, ya adolescente, se desencadena la tragedia, aunque el no tenga ningún motivo consciente para llevar a cabo los asesinatos como reconoce al final tras dos años recluido, sino una demostración de su perturbada psicología.
La película destaca, de esta manera, en la interpretación de los actores, especialmente de su protagonista femenina, Tilda Swinton en el papel de Eva, que se debate a lo largo de la misma entre los recuerdos de dolor y culpabilidad por lo sucedido. Igualmente por el estilo visual que caracteriza a la directora británica, fragmentado, significativo, lleno de referencias y alusiones para el espectador. Así la película empieza con la fiesta de la tomatina en la que participó joven la protagonista en uno de sus viajes, en este caso a España, y termina, en las escenas finales, con las ropas de su vestido manchadas de sangre, jugando con los colores, en este caso el rojo, con los objetos, con la comida, con las situaciones, equiparando el repudio ante la violencia o el mal comportamiento, a la sensación que puedas tener ante el vómito o las heces asociados al mismo. La directora, por tanto, utiliza un estilo donde resulta fundamental la comparación para hacer vivir y comprender con el mayor grado de naturalismo la angustia o el sufrimiento del argumento.

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