LA PINTURA DE EDWARD HOPPER

Habitación de hotel, 1931. Museo Thyssen. Madrid
La exposición sobre el pintor norteamericano HOPPER en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, protagoniza el verano artístico por la dificultad de ver reunidas un número significativo de sus obras y el atractivo visual para el aficionado a la pintura contemporánea. Una sencilla muestra que incluye óleos, acuarelas y grabados, contextualizados con ejemplos de autores que le influenciaron directamente como Albert Marquet, Félix Valloton, Walter Sickert y el francés Degas. De este artista cogió diferentes recursos técnicos que él reinterpretaría a su modo, según el contacto directo con su pintura en los dos viajes que llevó a cabo a Francia o en el mismo Nueva York.
El estilo de Hopper se sitúa en el realismo en el que se formó con la admiración de la pintura de Velázquez y la holandesa del siglo XVII, así como de Courbet y Manet. Como se ha dicho su manera de entender el color proviene del Impresionismo e igualmente de los maestros franceses del postimpresionismo. Un estilo centrado en la representación simplificada del tema, pero no vacío, vulgar, sin aportar nada al espectador. Tanto las casas solitarias o los paisajes de montaña o marinos, pretenden, como aquellos que incluyen figuras tanto urbanos como de interiores, mostrar un significado general, tal vez simbólico, de lo que supone la vida contemporánea de desarraigo, de individualismo y soledad, cuando los acontecimientos son cada vez más acelerados en la vida moderna, como una manera de entender la belleza, que el artista encuentra desde una visión subjetiva. Éste capta imágenes sencillas de una realidad compleja, porque valora elementos que el simple espectador no ve o no da importancia, por repetitivos o intranscendentes cuando transita pensando en el destino al que se dirige. Podríamos comprender así imágenes de Manhattan, o de los rincones olvidados que observamos en algunos cuadros de la exposición.
La visión pictórica que Hopper confiere a la representación de las figuras es estática, monumental, y muy significativa. Una forma creativa donde se encuentra la huella de su trabajo como ilustrador de revistas, y le emparenta con los primitivos italianos, con Giotto o Piero della Francesca. El gusto por la pintura de Degas se observa en las perspectivas picadas en forma de intromisión instantánea en una escena cotidiana, que resulta más brusca y sorpresiva en el pintor norteamericano. De la misma manera, por la fotografía, y como se ha dicho, por el cine, del que era gran aficionado. A su vez, éste influye en el séptimo arte, en nosotros mismos, desde el punto de vista formal, como argumental, porque algunos cuadros parecen esperar la interpretación del espectador, como si el pintor hubiera plasmado una estructura básica abierta y cualquiera desarrollase el argumento. Idea que podemos aplicar a diferentes obras con figuras como Mañana en Carolina del Sur, Habitación en Nueva York, Mañana en una ciudad, la misma Habitación en hotel, o en su último cuadro, Dos cómicos.
Hopper entra en la intimidad del individuo solitario desde ventanas de edificios perdidos en la gran ciudad, ya sean hoteles, oficinas o restaurantes acristalados, para expresar la necesidad de comunicación del ser humano contemporáneo, y se pregunta, también desde la subjetividad, como artista individual, quiénes son, qué hacen, qué sienten, a la par de representar la intensa belleza que él encuentra.

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