CONTRA EL FRACKING

La película, TIERRA PROMETIDA (Promised Land), del director, Gus Van Sant, escrita por el actor Matt Damon y John Krasinsky, plantea un problema de actualidad. La explotación al máximo del medio natural para la obtención de una fuente de energía para mantener el progreso continuo y el nivel de riqueza de nuestra sociedad. En concreto se refiere a la obtención del gas de pizarra mediante la técnica de fracturación hidraúlica o fracking, un método que se lleva empleando muchos años en EEUU y que parece llegar ahora a Europa. Una solución a la dependencia del petróleo y del gas natural, y una técnica controvertida por los riesgos de contaminación del entorno. La película cuenta cómo dos representantes de una compañía extractora llegan a un pequeño pueblo dedicado a la ganadería, McKinley, con la intención que los propietarios de tierras les firmen un contrato de arrendamiento para poder perforar el subsuelo. Lo que parecía ser fácil, porque la mayoría de ellos y el ayuntamiento, padecen las consecuencias de la crisis económica, resulta verdaderamente difícil porque un profesor del instituto, antiguo investigador jubilado, presenta evidencias de los riesgos de contaminación para la población y los recursos naturales.
La corporación exige por otra parte,  a Steve y Sue, los comerciales, interpretados respectivamente por Matt Damon y Frances McDormand, conseguir todo el territorio, no una parte del pueblo. La situación empeora cuando llega un miembro de una organización ecologista que conciencia a la población de los riesgos sobre el agua subterránea y las especies animales y vegetales, informando de casos ocurridos en otras zonas del país. Sin embargo, logran desacreditar los argumentos ecologistas mostrando que parte de los datos esgrimidos habían sido falseados. Cuando van a ganar la votación en el ayuntamiento, Steve, descubre la verdad, descubierta recientemente por él, que incluso la actividad del ecologista estaba pagada por su propia compañía para asegurarse de forma indirecta los contratos de arrendamiento. De esta forma, el protagonista pierde el puesto de ejecutivo al que aspiraba y es despedido.
Un nuevo futuro le espera, una nueva vida, la vuelta al campo del cual alguna vez partió en busca de mejorar su nivel social, lograr salir adelante, en una tierra prometida, en la que ha conocido los valores de la solidaridad, la amistad, la cooperación y la democracia, frente al afán de lucro continuado, del negocio a corto plazo de unos pocos por encima del bienestar del ser humano. Gus Van Sant, un director no habituado a tratar temas políticos o económicos, cuenta la historia de manera sencilla, artesanal, sin artificios, cuidando el aspecto humano de los personajes, como la captación brillante de la luz y el color del ambiente rural. De esta manera, el progreso destructor de la naturaleza por el desarrollo económico de bienes que en el fondo son superfluos, lo es también de las relaciones sociales basadas en la igualdad y la felicidad humana. Por lo que se hace necesario un equilibrio sensato entre ambos aspectos, un bienestar fruto de la explotación y el consumo racional de los recursos.

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