LA PINTURA DE PISSARRO

Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve, 1870
El próximo 15 de septiembre termina la retrospectiva dedicada al pintor, PISARRO en el Museo Thyssen de Madrid. Presenta 79 óleos ordenados cronológicamente según los lugares donde residió y que inspiraron su pintura, en cinco apartados: Antes del Impresionismo; Louveciennes-Londres-Louveciennes 1869-1872; Retorno a Pontoise 1872-1882; Los campos de Éragny 1884-1903, y En las ciudades. Fue una figura fundamental en el movimiento pictórico Impresionista, por una parte como organizador del mismo y participante de todas sus exposiciones entre 1874 y 1886, y por otra, como artista que contribuyó a la concrección técnica del mismo. A pesar de su relevancia, fue eclipsado por el éxito de su amigo Claude Monet. 

Autorretrato, 1903
Los primeros cuadros de la exposición muestran la influencia clara del paisaje realista, de autores como Corot, Courbet y Daubigny. Pronto el visitante observa la evolución al estilo propiamente impresionista por su interés primordial por la luz natural y los diferentes efectos que provoca, y el empleo de colores puros que se mezclan en la retina del espectador a distancia, como sucede en la visión humana. Entre 1885 y 1890, experimentó con el neoimpresionismo o puntillismo, junto a los pintores Seurat y Signac, también simpatizantes con él del pensamiento anarquista. Aunque en la exposición el espectador puede contemplar lienzos cuyo protagonista es la figura humana, el artista se centró en la representación del paisaje tanto rural como urbano.
Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia,1897

En ellos se observa su técnica en la captación sensible de los efectos de luz causados por los cambios atmosféricos. La nieve, el sol, el agua, los reflejos sobre las calles de París o los campos y los caminos rurales, forman el objeto de su interés. Cuando la luz solar incide sobre un terreno en primavera el resultado es diferente si lo hace en invierno después de la nevada o el intenso frío. La visión se transforma ante el espectador. Lo mismo si hay neblina en la lejanía de un bosque húmedo o aquella que oculta los antiguos edificios de la ciudad. A veces en ésta, las calles se llenan de gente y vehículos o con motivo de un desfile, de atractivos uniformes y banderas, cambiando el colorido según la incidencia de las luces, provocando una llamativa impresión a nuestros ojos. Constituye, así pues, una pintura admirable por la emoción y serenidad que produce la representación particular de lo cotidiano del hombre y de la naturaleza.

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